No, la vuelta a casa por Navidad no siempre es como en los anuncios de turrón: claves para no perder tu salud mental en el intento

No te pierdas estos consejos de psicóloga para afrontar las reuniones navideñas.

Socialmente, la Navidad está concebida como “la temporada familiar por excelencia”. Y en los tópicos siempre hay algo de verdad: esta época del año nos impulsa a regresar al nido, al núcleo familiar. Pero, ¿qué pasa cuando la vuelta a casa por Navidad es todo un reto emocional? Que la magia inherente a las fiestas se difumina. Y que ciertas situaciones y encuentros pueden poner a prueba nuestra salud mental.

Sin ánimo de caer en el cinismo, conforme maduramos y ganamos experiencia vital nos damos cuenta de que eso de regresar al hogar por Navidad no siempre es como en los anuncios de turrones. Al menos, no en mi caso.

Porque, ¿qué ocurre después del fundido a negro? Esa chica protagonista del anuncio llega a su hogar con la mochila cargada de espíritu navideño y dispuesta a pasar unos entrañables días en familia. Pero, ¿cuánto le duran esas good vibes? ¿Cuánto tarda en llegarle el bajón cuando se ve en su habitación de adolescente, rodeada de muebles y recuerdos de alguien que, de algún modo, ya no es ella? ¿Cuánto tarda en discutir con sus padres, que pretenden que retome las rutinas de cuando aún vivía con ellos?

Quizá no seáis tan intensitas como yo ni vayáis tan lejos interpretando los anuncios navideños, pero valga este ejemplo para ilustrar que las escenas idílicas son precisamente eso: idealizaciones de momentos cotidianos que, muchas veces, poco tienen que ver con la realidad.

Vuelta a casa por Navidad, un viaje muy personal

En mi caso, vivo en la misma ciudad que mi familia, por lo que la vuelta a casa por Navidad es una versión destilada de lo que veo que viven mis amigas, las que residen fuera y, ellas sí, regresan a sus habitaciones de adolescente durante dos semanas. “Tías, yo no podría”, les digo desde el corazón, visualizándome con angustia teletrabajando en la misma mesa en la que me preparé la Selectividad. In Spain we call it ansiedad, cantaría yo.

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Pero, aunque la Navidad para mí no signifique volver a entrar de lleno en las rutinas familiares, sí supone volver a pasar mucho tiempo en casa, ver a primos y tíos con los que apenas siento conexión y exponerme a conversaciones y comentarios que no me apetece escuchar. ¿Os suena?

El año pasado, ese 2020 que fue tan duro para todas, sentí cierta regresión durante las semanas navideñas. Me explico: había empezado a ir a terapia unos meses antes y, de algún modo, tras esos intensos días de muchas reuniones familiares, sentí que había retrocedido en mi proceso.

En realidad, no fue exactamente así: esos encuentros me pusieron frente al espejo de lo que había sido mi infancia y adolescencia, y me hicieron conectar con temas del pasado que estaba abordando con mi terapeuta y que, por tanto, estaban a flor de piel.

En este 2021, en el que todas hemos aprendido sobre la importancia de cuidar nuestra salud mental y de establecer límites, desde Bloom nos hemos propuesto tener herramientas a las que acudir cuando el mood familiar sea demasiado intenso y nos sature. De la mano de la psicóloga Silvia Laporta, especializada en terapia familar, recopilamos unos tips de salud mental navideños para que estas fiestas no pongan en jaque tu equilibrio.

Navidad en familia, la importancia de prepararse mentalmente

“Lo esencial es hacer lo que sintamos que está bien para nosotras. Es una frase muy buena, pero muchas veces confronta con intereses familiares o rituales que se han hecho toda la vida. Negociar, buscar el equilibrio entre darnos a los demás y respetar lo que necesitamos es importante”, comenta Silvia.

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En este proceso, la comunicación es esencial, según la terapeuta: “Es fundamental avisar con antelación y trasladar al resto nuestras decisiones. Muchas veces, los conflictos familiares, especialmente en épocas como la Navidad, surgen por no haber hablado las cosas, se sobreentienden reuniones o ciertos detalles se dan por hechos, y eso puede llevar a malentendidos”.

En paralelo, conocerse a una misma y saber cuáles pueden ser los puntos calientes en estas semanas será de gran ayuda. Para alguien que, como yo, se satura con facilidad fruto de su alta sensibilidad -hablamos de ello largo y tendido en este post-, no perder de vista las señales que nos envían nuestras emociones será la clave para evitar esa sensación de “estar sobrepasada”.

“Estas semanas nos vienen momentos de muchas emociones, así que lo principal será no juzgarnos. Es muy difícil, porque estamos acostumbradas a mirarnos desde un punto crítico, pero en realidad es bastante absurdo juzgar nuestras emociones, porque las emociones se sienten, no se deciden”, nos cuenta la psicóloga.

Intentar calmar las emociones para tenerlas bajo control y que no nos lleven a entrar en conflictos que queremos evitar es otra de las claves, según la experta. “Regularlas es lo más complejo, pero por eso es importante buscar momentos de autocuidado en días en los que vayamos a estar con mucha gente, que es algo muy estimulante. A veces, ese autocuidado puede pasar por irse a charlar a solas con una prima que te cae súper bien o, directamente, ir a hacer algo sola, como dar un paseo o escuchar música”, aconseja.

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Membrana emocional, nuestra compañera de la vuelta a casa por Navidad

Tanto para las que volvéis a estar bajo el techo familiar como para las que “solo” nos enfrentamos a reuniones puntuales, aquí va un consejo -palabra de psicóloga- que vale oro y que nos ahorrará más de un disgusto. “Igual que el cuerpo tiene una membrana para protegerse, que es la piel, podemos ponernos una membrana emocional. ¿Y eso qué significa? Nos imaginamos que lo que está dentro de nuestra membrana es nuestro; lo demás, lo que está fuera, no lo es”, explica la psicóloga.

“Esto es complejo de poner en práctica -continúa-, pero conforme lo tengamos más claro, será cada vez más fácil. Lo que los demás nos dicen o sienten no está dentro de nosotros, está fuera”. ¿Un ejemplo? “Cuando empiezan a aniñarnos, es importante recordar que eso es algo suyo. A nuestros familiares lo que les hace ilusión es volvernos a ver, por eso a veces nos tratan como si fuéramos niños; en el fondo es una muestra de cariño”, expone.

Vale, ¿y qué hacemos si esos gestos bienintencionados nos abruman? “Exponerlo siempre con asertividad y dejando claras nuestras necesidades”, nos aconseja Silvia. “Cuando estemos muy metidas en la dinámica familiar y nos sintamos otra vez como si fuésemos niñas o adolescentes, es importante hacernos chequeos a o largo del día, parándonos a preguntar ‘qué necesito ahora, qué quiero, para qué estoy haciendo eso…’ Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de buscar espacios de autocuidado”, añade.

Preguntas incómodas en Navidad: el antídoto para «esos familiares»

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Tan ligadas a la Navidad como el turrón, las cenas de empresa y los regalos de amigos invisibles están las preguntas incómodas y desafortunadas formuladas por algún familiar. De los creadores de “¿cuándo vas a buscarte un trabajo serio?” llegó “¿cuándo vas a echarte pareja?” y, conforme nos alejamos de la veintena, “¿cuándo vas a tener hijos?” comienza a convertirse en otro clásico.

A preguntas absurdas, respuestas absurdas. La asertividad nos viene muy bien y se puede utilizar para explicar cómo nos sentimos y lo frustrantes que algunos temas pueden ser para nosotras. Pero, a veces, lo más efectivo en casos así es tirar de ironía y de humor”, nos sugiere Silvia.

“‘¿Cuándo voy a tener hijos? Cuando el Barça gane otro triplete’, podemos responder si quien nos pregunta es forofo del fútbol. También podemos pasarles la pelota y dejarla en su tejado: ‘¿me los cuidarías tú el fin de semana?’”, ejemplifica.

Según la psicóloga, con respuestas así “el doble mensaje sigue ahí”, y a esa persona le estamos indicando que está entrando en un tema importante con el que no nos sentimos cómodas y, sutilmente, le pedimos que no siga por ese camino. “Al final, estas cuestiones nos pueden hacer replantearnos temas de pareja y tocar asuntos que son duros o dolorosos para nosotras”, añade.

¿Debates para derrochar energía? No, gracias

¿Soy la única a la que, ante buena parte de las reuniones familiares, lo que más pereza le da es ver otra vez a ese primo o tía con quien no congenia en absoluto? Cuando las conversaciones fluyen y aterrizan en terrenos pantanosos, de la política a los temas sociales -ejem, feminismo-, ¿merece la pena gastar energía en debatir con perfiles de los que estamos muy alejadas? Entrar o no al trapo, esa es la cuestión.

“Hay familias en las que se puede debatir en confianza y de forma calmada, y eso es fantástico. Pero generalmente no nos encontramos en ese contexto. Si estamos con la típica persona que nos dice discursos comprados que no nos encajan… debemos valorar si nos compensa invertir energía en esa conversación, que probablemente no nos llevará a ninguna parte”, comenta la psicóloga.

Todo bien en la teoría, pero en la práctica se complica. ¿Y si estás muy acostumbrada a debatir, ya sea con tu círculo de amigos o familiar? “Hay quienes piensan que no entrar al trapo es una forma de dar la razón al otro, pero esta es una batalla a largo plazo. La idea es relativizar lo que esa persona diga, entender que es algo suyo y que para él o ella también es importante ser coherente con eso”, nos aconseja.

Navidad y duelo, un momento crítico

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Hay momentos especialmente duros de afrontar si estás pasando un duelo, como la Navidad. Y lo escribe alguien que perdió a un familiar hace muy poco tiempo y que teme la resaca emocional de una reunión navideña solo unas semanas después.

“Es evidente que nos van a llegar los recuerdos. El duelo es un proceso que viene y va, y momentos que nos hagan recordar, como un día de cumpleaños, un día de aniversario y las fechas señaladas como la Navidad, son propicios para eso. Sí o sí nos vamos a acordar de esa persona y es importante no juzgarnos”, comenta Silvia.

¿Un consejo para que no nos abrumen los recuerdos? “Lo primero será aceptar las emociones tal y como vienen, llorar todo lo que necesitemos. Luego, es importante poder preguntarnos qué me llevo de esta persona, qué he aprendido yo, qué me ha aportado: eso es lo que prevalece en nuestro interior”, dice. Y sugiere algo que, para mí, es fundamental: compartir lo vivido para acompañarse en el duelo.

“Podemos recordar anécdotas en familia, desvelar pequeños secretos entre primos o hermanos… Todo, entendiendo que eso nos puede generar melancolía, y que es algo normal. Al fin y al cabo, echar de menos es una mezcla entre el cariño que sentimos por alguien, la alegría de haber compartido momentos juntos y la tristeza porque ya no está”, resume. Touchée.

¿Y si todo esto me ocurre con mis amigas?

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La sensación de desconexión, de sentir que tenemos que correspondernos con un “yo” que ya no es el nuestro actual no se limita al entorno familiar, sino también al de la amistad. La vuelta a casa por Navidad puede suponer reencuentros con grupos con los que ya no nos sentimos afines.

“Tenemos que aceptar lo que sintamos: ya sea que me encuentro más cómoda con unas amigas que con otras o si siento que un grupo me juzga o critica mis elecciones vitales. Y, en base a eso, valorar lo que necesito. El punto está en que, si sé que  va a ser una situación demasiado intensa y que después voy a llegar a mi casa con mucho desgaste emocional, quizá nos conviene no ir a esa quedada”, aconseja la terapeuta.

Puede -según la experta- que pase lo contrario: que nos dé pereza ver a un grupo, pero que hagamos el esfuerzo de ir porque sabemos que saldremos de la reunión reconectadas y con las pilas cargadas.

“La Navidad se vive como un momento de mucha expansión y muy social cuando, a la vez, conecta con estar más centradas en nosotras mismas. No por una cuestión religiosa, que puede ser, sino porque es tiempo de introspección, de reflexionar, de hacer balance del año… En resumen, los encuentros sociales y familiares que van ligados a estas fechas son muy relacionales, pero lo relacional se siente, no se piensa. De ahí la importancia en estos días de mirar cómo nos sentimos sin juzgarnos”, concluye la psicóloga Silvia Laporta.


Después de nuestra terapéutica conversación, prometo poner en práctica sus tips y apostar por una feliz -y mentalmente saludable- Navidad, sea o no en mi cuarto de adolescente.

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